domingo, 20 de mayo de 2012

Lucas y su tiempo

Lucas tenía un problema. Dos en realidad. Uno de ellos era que llevaba ese nombre por un libro de Cortázar, escritor y libro del que nunca escuchó hablar, que nunca siquiera descubrió en la biblioteca de su casa, donde dormían dos copias del mismo texto, una de su padre y otra de su madre.
Pero eso sería, digamos, casi anecdótico. El verdadero problema de Lucas era su habilidad para que el tiempo se le escurriera entre los dedos. Por ejemplo, solía levantarse tres horas antes de entrar a trabajar para poder asearse, peinar su extensa cabellera y desayunar. Sin embargo, algunos días te lo podías cruzar corriendo por la calle para alcanzar el colectivo con el pelo revuelto y sin peinar, o húmedo como recién salido de la ducha. Y, claro, siempre desayunaba en la oficina a la que, irremediablemente, llegaba tarde. Tenía la suerte de que no lo despedían porque el dueño de la empresa era un tío suyo y, porque a pesar de entregar las planillas siempre tarde, lo que hacía nunca tenía errores, tachaduras ni remiendos.
Carecía de explicación lógica, como la vez que un amigo le consiguió una salida con una rubia platinada del gimnasio y llegó media hora tarde al bar en el que habían quedado, y que distaba apenas unas cuadras de su departamento, asegurando haber salido dos horas antes para llegar a tiempo. La rubia, por supuesto, no lo esperó.
Cuando nos reuníamos a festejar el fin de año, el día de trabajador o el cumpleaños de alguno del grupo, dejar que Lucas se encargara de la comida era obligarnos a llamar al delivery a medianoche, porque él apenas si sabía cómo comenzar.
Inexplicable, si, tanto como el hecho de que ningún reloj le servía; los usaba un día y dejaban de funcionar. Se compraba un cuaderno nuevo para la facultad y en menos de una semana las flamantes hojas blancas se ponían amarillentas. Te invitaba a tomar o a comer algo en su casa, y tenías suerte si encontrabas algún comestible que no hubiera vencido meses atrás.
Sus días parecían un parpadeo, porque te los contaba en tres frases, a veces en dos; con una sucesión de llegadas tarde, retrasos, trenes cancelados o colectivos que cambiaban de recorrido porque la calle, o la avenida, estaba cerrada por reformas. Mantener una conversación con Lucas era una odisea que sabías cómo comenzaba, con una pregunta o un comentario tuyo; la lotería era saber cuándo respondería. Y no porque fuera lento para pensar, sino porque, según decía, no se daba cuenta de que el tiempo pasaba tan rápido.
Para él no existía el sueño, se acostaba y apenas cerraba los ojos ya escuchaba el despertador atronando en la mesa de noche; el día más largo de su vida fue cuando se quedó esperando a que cambiara el semáforo de la esquina, para ir a comprar un paquete de galletitas de salvado al chino de la otra cuadra.
El tedio de las tardes interminables de otoño; las noches en vela estudiando; las doce horas de ‘El anillo de los Nibelungos’ de Wagner; las cinco de ‘Los diez mandamientos’ de Charlton Heston; la aburridísima ceremonia de apertura del mundial de Francia ‘98. Nada de esto existía para Lucas. Porque en pleno invierno te preguntaba qué pasó con el otoño, qué materia cursaba tres cuatrimestres antes, si el anillo del título existía o no, o si el actor de la película no era el mismo que el de la película esa de los monos.
Si, Lucas era raro. Imposible definirlo de otro modo, no porque tuviera canas desde los quince años, sino porque sabía cuál sería el epitafio para su lápida. Una frase que se le ocurrió una tarde, según me contó, y que la anotó en un papel que colgó con un imán en la puerta de la heladera. Ahí fue donde la vi la última vez que lo visité, me reí, si, pero no puedo negar lo acertado de su idea. El papel decía: ¡Ahora sí tengo tiempo!

jueves, 17 de mayo de 2012

Friolento

Su prosapia era legendaria, tanto que pesaba sobre su cabeza como el recuerdo permanente de su defecto. Los héroes con los que lo vinculaba su linaje, sin dudas, se reían de él desde sus tumbas. Pero nada podía hacer ahora, los tiempos eran otros, los desafíos habían cambiado tanto que nadie recordaba a los aventureros de siglos anteriores.
Sólo él recordaba que su bisabuelo compartió la travesía fallida de Nansen hacia el polo norte. Esos sí que eran otros tiempos, de bravos y valientes, de actuar sin dudarlo y no dejarse llevar ni por los acontecimientos ni las emociones. Hacia allí había ido, y regresado con el fracaso de no alcanzar su objetivo, pero con la gloria de ser el primero en intentarlo.
Su bisabuelo regresó de la aventura de juventud y vivió una vida larga y próspera, llena de reconocimientos e hijos; uno de ellos fue su abuelo que, a muy tierna edad, se unió a Amudsen en su loca idea de atravesar la Antártida hasta alcanzar el mismísimo polo sur del mundo. El más joven de la tripulación, uno de los sobrevivientes que ni la locura, ni el hambre ni el frío pudieron derrotar.
Quiso ser más que su propio padre, y lo logró. Porque él sí llegó a su destino, a su gloria personal y familiar. La segunda medalla al valor y el reconocimiento de su bravura que ahora pendía sobre la familia como un peso muerto mucho peor que el de la espada de Damocles.
El abuelo regresó lleno de vida y pasión a su antiguo hogar, pero allí ya no tenía lugar. Los espacios que dejara los habían ocupado otros, su trabajo, su sitio en la mesa, en la cama junto a su primera amante. Su pasión por la aventura lo hizo perder cuanto tenía.
Dicen que huyó, o que se embarcó en una nueva travesía, pero, en cierta forma, ambas cosas son sinónimos.
El padre, el último eslabón de la cadena, participó de varios rescates milagrosos en las abruptas montañas del sur del universo. Los Andes más meridionales se convirtieron en su nuevo hogar. Y aunque nadie lo diga, esos jugadores de rugby no fueron encontrados por una mula y su dueño, sino por su padre, que no quiso quedar documentado en ninguna foto, y no se lo menciona en ninguna entrevista.
Las vidas heroicas y llenas de historias para contar en largas noches, pesan sobre su cabeza y dificultan explicar por qué él, última generación de valientes de la familia, prefiere la vida tranquila y sin sobresaltos del Caribe. El sol y el mar que sólo se interrumpen unos pocos días al año cuando algún huracán azota las costas de su isla.
Él no estaba hecho para largas travesías ni aventuras sin un final práctico. No, con él la fibra familiar había fallado. Eso podía entenderlo cualquiera que hubiera pasado por una situación similar; por suerte, no perdía el tiempo explicando esos detalles.
Lo inentendible, en cambio, era que un siberian husky prefiriera el calor ecuatorial a la fría estepa del hielo y la soledad.

domingo, 13 de mayo de 2012

Espécimen

La mantenían encerrada dentro de la cámara más secreta del laboratorio, por miedo, por superstición. Tal vez creyendo que podía ser contagioso ese extraño mal que la aquejaba y al cual los sabios no veían solución alguna.
Revisaban una y otra vez su exigua historia clínica, torturaban a sus padres educativos, tíos, hermanos y compañeros del jardín de infantes, buscando respuestas. Largas horas de lectura continua de la viuda de los jueves, no habían logrado nada. La táctica utilizada para resolver todos los crímenes de la sociedad, no tenía ninguna utilidad allí.
Carecían de respuestas, de sentidos, de ideas. Se llamaban a sí mismos el Consejo Superior de Sabios del Nuevo Reino de la Ciencia Absoluta, pero aquella niña de cinco escasos años negaba el conocimiento acumulado en milenios de experiencia y en terabites de información.
Por eso la mantenían aislada, hasta descubrir de dónde provenía ese virus, porque si bien tenían sus reparos, las dudas eran escasas y eso debía de ser un virus y no cualquier otra cosa.
Una vez a la semana, los martes, la conducían a una batería de pruebas, deseando que alguna de ellas hallara algo. Las agujas laceraban los brazos y las piernas de la niña, con heridas que nunca se cerraban, con dolores que se incrustaban en el alma, con el silencio de la mirada de desamparo de aquel pequeño ser separado de sus padres biológicos antes de que aprendiera a decir una sola palabra.
Tan terrible situación tenía su lógica y su sentido de ser. Una sociedad regida por la razón y el conocimiento puro no debía, no podía, no le convenía, dejar en libertad a un ser tan despreciable como esa maldita niña que aún a pesar de todo su sufrimiento, continuaba afirmando que su mayor deseo era casarse y formar una familia tipo…

jueves, 10 de mayo de 2012

Aún el futuro tiene límite

Sigo con la idea de que las cosas tendrían que haberse dado de otro modo. No sé cómo, sólo sé que diferentes. Apenas un poco quizá, para que el cambio no resultara tan brusco; aunque también es posible que haya sido mejor así. Directo, definitivo, un final del que no hay retorno.
Sólo para descubrir que no sirvo para otra cosa. No tengo cursos de capacitación que acreditar, apenas si un viejo secundario perito mercantil. No tengo experiencia, porque pasé mi vida realizando la misma mecánica tarea hasta que mis músculos se atrofiaron.
Ahora, años después, creo que debería haberle hecho caso a mi madre cuando me recomendó que me dedicara a otra cosa, algo con mejor salida laboral. Pero no quise escucharla y, en cambio, busqué el trabajo que requiriera el menor esfuerzo, el menor desgaste físico.
No sé qué pensé realmente.
Tal vez dudaba de mí mismo, de mis habilidades, y por eso acepté un trabajo que tenía los días contados, que, de no mediar ninguna progenie nueva, me dejaría en la calle tan pronto como el niño que ocupaba la cama bajo la cual me agazapaba cada noche, creciera y dejara, indefectiblemente, de creer en mí.

lunes, 7 de mayo de 2012

Un adiós sin despedida

Días atrás parecía divertido, pero, eso también, se olvidó con el tiempo y el agua. Llevaba lloviendo una semana sin mayores inconvenientes que el encontrarse totalmente mojados y al borde de la gripe; pero no fue hasta la última madrugada cuando las cosas comenzaron a desmadrarse.
La simple llovizna dio paso a una torrencial catarata que no se detuvo durante las horas de oscuridad; la musicalidad de las gotas golpeando contra los techos de zinc se transformó tan violentamente que ni el sueño más profundo podía mantenerse ante semejante estruendo.
Al amanecer, la radio anunció que la escuela del pueblo no abriría sus puertas. El júbilo de los niños fue proporcional al tedio de los padres condenados a pasar la tarde encerrados con sus retoños. Tanto llovía que nadie se atrevía a asomar, siquiera la nariz, al exterior.
Cerca del mediodía la radio dejó de transmitir. La electricidad se esfumó y la única fuente de luz era ese extraño brillo del agua que se juntaba en las calles. Calles que, con suerte, eran reconocibles debajo del torrente revuelto y gris.
Sólo el silencio perduraba en las casas al caer la tarde; ocupaban las ventanas miradas atónitas que no comprendían, que no quería o no podían comprender, que el agua continuaba cayendo y comenzaba a arrastrar a su paso cercas de maderas, bolsas de basura, animales muertos y juguetes de plástico abandonados por niños desaprensivos.
El cielo no daba señal alguna de querer abrirse, de detener las aguas del colérico azote. Al contrario, se oscurecía poco a poco anunciando una noche más de tormenta que sobrevivir sin poder tomar, siquiera, una cena caliente, porque hasta el gas fue cortado.
Algunos ruidos, sordos, pesados, como un tumulto lejano se dejaban oír de vez en cuando; pero, por supuesto, no podía ser otra cosa más que truenos, pensaban quienes se escondían bajo las mantas, acurrucándose en sus lechos para olvidar la escena de flamantes automóviles navegando cual veleros entre los jardines.
Los ruidos y los golpes de aquellos truenos que no eran truenos, continuaron durante la noche. Más cercanos por momentos, más lejanos en otros.
Al siguiente amanecer, poco quedaba en pie para identificar eso que la gente a veces llamaba su pueblo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cansado

El tren era una lata de sardinas, atiborrado de gente hasta no dejar lugar para el oxígeno; tanto que la imagen de un tren de la India aparecía ante mi mente cada vez que me veía obligado a cerrar los ojos sintiendo la desesperante claustrofobia creciendo desde el fondo de mi cerebro. Mediodía, vestido de traje, con 42º C de temperatura y los codos de tres mujeres clavándoseme en el estómago.
El único respiro provenía de los escasos segundos en los que las puertas del vagón permanecían abiertas para que los apretujados pasajeros pudieran escapar o, al contrario, que subiera más gente.
Estaba cansado de esa situación, al igual que cada vez que debía viajar en esas condiciones; cerré los ojos una vez más para evitar ver a mí alrededor cuando una voz, al principio desconocida, me quitó esa posibilidad.
—¿Qué haces vos acá?
Abrí los ojos con miedo a encontrarme con alguien que me embarcaría en un diálogo sin fundamento con el sólo propósito de pasar el tiempo.
El rostro que me sonreía esperando una respuesta se me hacía conocido, diría familiar pero dudo que así lo fuera.
—Viajo —respondí—, como puedo, mal, pero viajo.
La sonrisa no desapareció ante la lacónica respuesta.
—Bueno, bueno —siguió hablando el conocido no reconocido—. No hay que quejarse, que si no, nos arrugamos. ¡Ja, ja, ja!
No creo haber podido disimular mi expresión de fastidio ante tamaña estupidez que acababa de oír; pero, al parecer si, porque continuó hablando como si nada, como si realmente creyera que lo que acababa de decir era gracioso.
—¿Cómo anda todo? ¿Bien? ¿Hasta dónde viajas?
(Este paréntesis es para explicar varias cosas: 1 – No me gusta hablar a los gritos en un tren, ni en ningún otro transporte en que el sonido creado por el movimiento no permite oír todas las palabras; 2 – me molestan sobremanera los diálogos insulsos que sólo sirven para pasar el rato, y que luego nadie recuerda; 3 – me desagrada viajar apretado por los cuatro costados, sin posibilidad de huir; 4 – hablar con gente de la que no recuerdo el nombre, claro indicio de que no me resultó interesante al momento de conocerla, no es mi deporte favorito; y 5 – estaba sumamente cansado como para hacer el esfuerzo mental de disimular mi fastidio cotidiano. Por suerte para mi, el tren entraba en una estación que, si bien no era en la que me bajaría, esperar la próxima formación no me dañaría de modo alguno, y podría respirar un poco de aire sin restos de respiraciones ajenas)
—Bien. Me bajo acá —dije apenas se abrieron las puertas.
Empujé un par de personas que protestaron entre dientes, sin levantar la voz, como el ganado perfecto, y salí.
Ya en el andén, respiré aliviado llenándome de aire fresco. Había logrado escapar a uno de esos fútiles encuentros que no llevan a nada.
Me senté en un banco de hierro que había allí cerca, debajo de la sombra de un árbol mustio por la falta de lluvias del último semestre, y esperé, con tranquilidad, el siguiente tren.

jueves, 26 de abril de 2012

De oro



El último barco, al llegar a la isla, trajo consigo algo más que semillas para la cosecha del año entrante, y su consabida carga de ratas malolientes.
En esos sacos de tela áspera, gris, más llenos de tierra que de otra cosa, viajaba la hambruna disfrazada de grano de mala calidad, enclenque o muerto, prisionero en su vaina.
Los campesinos pagaron su peso con el oro que no tenían, como cada año desde la sequía. Oro que para algunos se llamaba su última vaca lechera, tres gallinas, o un cerdo enflaquecido. El oro de los pobres, el que no reluce a toda hora ni bajo todas las luces, pero que vale tanto y es tan bien recibido como las escasas monedas que los más viejos de los campesinos, recordaban haber visto, alguna vez, cuando niños.
La hambruna cambia su disfraz con los meses, vistiéndose de plantas raquíticas que apenas se sostienen y que, la lluvia, no alimenta, destruye.
Se traslada, luego de algún tiempo, a los famélicos cuerpos de esas sombras que supieron ser campesinos, ojerosos, cansados, consumidos por el esfuerzo y el frío. Sin poder hacer más que recorrer cada día el mismo tramo de bosque buscando bayas y bellotas, algún fruto perdido, alguna raíz, que otro campesino igual de hambriento, no hubiera visto al pasar antes por el mismo exacto lugar.
Así como en el reino de los ciegos, el tuerto es rey; en el reino del hambre, el que posee la única gallina, el que supo esconderla de los recaudadores de alcabalas y derechos regios, el que supo guardar su secreto aún al párroco y a riesgo de ver su alma condenada al limbo eterno; el que supo quedarse con esa gallina en época de hambruna, y sabe cómo alimentarla, aunque esos animales se alimenten prácticamente solos, sabe, también, que los huevos que pueda de ella obtener valdrán, literalmente, su peso en oro.
Y hablamos de oro del auténtico.