No tenía nombre, o quizá nunca se lo preguntamos. Pero siempre estaba allí, en el mismo lugar, como si nos esperara, sin más que hacer. Esperando.
En el colegio empujábamos las horas con la fuerza de la ansiedad para que se hiciera el tiempo de salir, por fin, de allí. Y correr hacia él, que nos miraba con una sonrisa en los labios, bendiciéndonos a todos.
Digo a todos porque éramos varios los que nos reuníamos en el parque en torno a su banca, deseando que se sintiera a gusto con nosotros y decidiera convidarnos con una de sus historias.
Por años fuimos todos los días a escucharlo. El grupo creció y menguó, pero siempre había alguien para escucharlo. Si ese alguien era casi siempre yo no es para nada casual. Me gustaban sus historias, lo que relataba en primera persona, cosas que imaginaba eran sus recuerdos, sus aventuras.
Aunque con los años comenzamos a notar que se repetía, que cambiaba palabras, sitios o minucias del argumento. Muchos dejaron de ir, pensaban que se volvía senil.
Yo persistí, yendo todos los días, a veces llevando algo para comer, o para tomar, café en invierno, agua mineral en verano…
Las historias se acumulaban a su alrededor como las hojas del otoño, las arrugas en sus ojos y los primeros esbozos de mi hoy tupida barba.
Un día, no me acuerdo por qué, nadie pudo ir a verlo.
Fue un error, ahora lo sé. Porque nos distrajimos son pensarlo, sin quererlo. Al día siguiente, cuando fuimos a buscarlo, a escuchar su historia, la banca estaba vacía.
No hemos vuelvo a saber de él desde entonces, hace cuarenta años ya. Y, aunque no creo que vayamos a encontrarlo nunca, por lo menos yo, sigo pasando por la misma plaza, mirando la misma banca, casi cada día.
En el colegio empujábamos las horas con la fuerza de la ansiedad para que se hiciera el tiempo de salir, por fin, de allí. Y correr hacia él, que nos miraba con una sonrisa en los labios, bendiciéndonos a todos.
Digo a todos porque éramos varios los que nos reuníamos en el parque en torno a su banca, deseando que se sintiera a gusto con nosotros y decidiera convidarnos con una de sus historias.
Por años fuimos todos los días a escucharlo. El grupo creció y menguó, pero siempre había alguien para escucharlo. Si ese alguien era casi siempre yo no es para nada casual. Me gustaban sus historias, lo que relataba en primera persona, cosas que imaginaba eran sus recuerdos, sus aventuras.
Aunque con los años comenzamos a notar que se repetía, que cambiaba palabras, sitios o minucias del argumento. Muchos dejaron de ir, pensaban que se volvía senil.
Yo persistí, yendo todos los días, a veces llevando algo para comer, o para tomar, café en invierno, agua mineral en verano…
Las historias se acumulaban a su alrededor como las hojas del otoño, las arrugas en sus ojos y los primeros esbozos de mi hoy tupida barba.
Un día, no me acuerdo por qué, nadie pudo ir a verlo.
Fue un error, ahora lo sé. Porque nos distrajimos son pensarlo, sin quererlo. Al día siguiente, cuando fuimos a buscarlo, a escuchar su historia, la banca estaba vacía.
No hemos vuelvo a saber de él desde entonces, hace cuarenta años ya. Y, aunque no creo que vayamos a encontrarlo nunca, por lo menos yo, sigo pasando por la misma plaza, mirando la misma banca, casi cada día.




